martes, 20 de mayo de 2014

Nueva Época (II)


Despierta,
con un nítido
recuerdo
del sueño.
A la deriva,
olvidada
por la lógica
de los espacios
o tiempos.
Sin miedo,
por fin trazó
sus alas
sobre el duelo,
y alcanzó ser 
quién sueña.

lunes, 19 de mayo de 2014

Nueva época (I)


Imprescindible.
Inoportuna,
como un altercado
en la cumbre
de lo inexplicable,
ella atiende 
los ruegos
de una época
iconoclasta
con los mismos vientos
que levantan
su falda.

sábado, 17 de mayo de 2014

Documento Nacional de Diferencia (IV)



Hay que tener una ideología y una ética cuando se va a votar, sí. Hay que tenerlas cuando se va a realizar una labor humanitaria, sí. Hay que tenerlas cuando se va a hacer una encuesta, sí. Hay que tenerlas cuando se tiene una discusión con amistades que resisten una discusión, sí.

Pero ¿hay que tenerla las veinticuatro horas del día revoloteando sobre nuestra cabeza? ¿Son ellas nuestras herramientas, o somos nosotros sus herramientas? Vamos a ver, Ángel de la Guarda: ¿quién está al servicio de quién?

La pretensión de unidad del sujeto es como el Absoluto, el “desarrollo de la conciencia”, el Conocimiento Verdadero, la Ciencia Completa, la Ética Objetiva, el Sistema Ideal: es decir, una entelequia meramente conceptual, concebida tras el traslado al farragoso terreno del paroxismo de los postulados de nuestra propia razón, postulados que difícilmente podemos cuestionar mediante el ejercicio del puro pensamiento. Nuestra principal baza para deshacernos de ella es la creciente evidencia empírica que nos conduce a jubilarla como idea poco práctica y a sustituirla por otra que explique una mayor cantidad de fenómenos. 

Las generalizaciones a que nos conduce la vida real nos sugieren que la contradicción, los impulsos opuestos y enfrentados, los actos gratuitos, siguen sucediendo incluso para los más santos, que nadie parece ser capaz de alcanzar la perfección y que las sombras parecen igualar en cantidad y densidad a las luces. No voy a negar esto, pero, admitiendo que lo contradictorio tiene lugar, que la disparidad es abrumadora, que el yo carece de una unidad fija, de un punto estable, axial, pivotal, tenemos dos opciones: o nos aferramos a una ideología-ética con fiereza, y entonces cometemos pecado mortal por el mero hecho de ir de compras o contemplar un determinado trasero, o bien decidimos que la ideología es necesaria sólo en algunas ocasiones. Probablemente, miraremos el trasero de marras elijamos lo que elijamos.

La primera opción, la de adscribirse a una personalidad definida con un código definido, que exigen completo seguimiento y coherencia personal, conduce, como hemos visto, a que cuando la pasión, la pulsión, el instinto, el sueño, el desliz conduzcan a la contradicción, no seamos nosotros los que la provoquemos, sino que seamos provocados por ellos. Por el contrario, quien acepta un yo inconcluso, quien no aspira a la unidad y admite de buen grado lo irresuelto y múltiple de la propia interioridad, puede llegar a decidir mejor cómo manejar sus representaciones contradictorias. Al fragmentarse, alcanza la armonía.

¿Cómo lo consigue? Muy sencillo: al admitir sus puntos flacos, no le pillan tan de improviso. También, es cierto, puede perderse el sujeto “fragmentado” en el emerger descontrolado de su pura fragmentación, pero, con un poco de tenacidad, puede aprender a controlar sus máscaras, a jugar con sus distintos yos, a meterse en la piel del otro y escuchar sus ideas con mayor claridad, sin por ello abandonar la pretensión de atenerse a una ética o una ideología concreta cuando sea preciso.

martes, 13 de mayo de 2014

Espejo (I)


Lejos, lejos, lejos
del cristal 
hay un reflejo
demasiado distante,
muchos dicen
que soy yo.
No les creo,
nunca he sido ese
ni cuando amé.
Sobre mi cognición
Hablan lentos
en sus almas
muertas
para decirme
dónde me encuentro.

domingo, 11 de mayo de 2014

Expectativas (I)


Retroceder al eterno retorno constituye, sobre una realidad creciente, un intento de fuga como otro cualquiera sobre un concierto con la abulia de nuestra comunidad. Organizar la existencia se hace un trabajo arduo por las sendas del perdedor en lo que respecta a una visión pesimista del mundo dónde nos aferramos. ¿Puede un sistema albergar otro cuyo mecanismo incide desproporcionalmente sobre las reglas del juego? Concierne esto una visión contemplativa de un organismo que en sus vísceras se rige con unas normas independientes. ¿Puede un ser humano ser feliz si considera por tanto que la función y el fin de su existencia corresponde a una expectativa alejada de si mismo? Es por tanto el sujeto un humilde en cubierta, cuando aparenta ser el centro de una fiesta dónde ni siquiera recibió invitación alguna. Una correlación de billetes sin premiar que esperan ser cobrados.

Documento Nacional de Diferencia (III)


Creo en las “buenas intenciones” de Fidel Castro, y en las de Mao, y en las de Franco. Por supuesto, el narcisismo siempre anda entreverado en cualquier carrera meteórica, pero no dudo que en su consciencia primaran sus altos fines (sean loables o no para nosotros). Tampoco puedo reducirlo todo a la enfermedad mental o la inestabilidad emocional, aunque es verdad que tienden a ser buenos alicientes para escalar hasta lo más alto. Todas estas explicaciones comunes, me parece, obvian lo esencial: las malas prácticas de esos dictadores se deben, ante todo, a que obedecían a pies juntillas sus ideales, más que a que en secreto renegaran de ellos. Que persiguieran a sus oponentes políticos era contemplado, por sus ideales, como un mal necesario. Que vivieran a cuerpo de rey mientras el pueblo se comía la corteza de los árboles era visto, por los ideales, como una retribución por su sin duda agotadora labor. Que sólo ellos pudieran acceder sin buscarse problemas a los libros prohibidos o la prensa internacional, era por el bien del pueblo. Puede que, en la práctica, sus ideales y sus hábitos entraran en contradicción, pero créanme cuando les digo que ellos, en su delirante cosmos mental, no concedían la suficiente relevancia a esa paradoja (si es que llegaban a percatarse de ella). Porque juzgarlo todo desde fuera siempre es demasiado fácil, pero una vez se está dentro y se es preso de una visión del mundo, hay cosas que el propio fanatismo, y no el cinismo o el descreimiento, hace muy difícil ver.

No quiero decir que en la vida no existan oportunistas y personas sin moral, y no me quiero meter en una valoración individual de cada uno de los múltiples y variados corruptos que defecan sobre nosotros, pero creo que la propia ideología se presta, de por sí, a permitir comportamientos que van en su contra. Y que cuanto más fanático es uno, más se asila en la indulgencia, al perder su juicio cualquier punto de vista externo o contrario al suyo propio.

Son los peligros de la pretensión de unidad del yo de la que hablábamos, y aunque los hayamos aplicados a casos de escala dramática y con millones de bajas a sus espaldas, se pueden aplicar en cualquier ámbito en el que posemos nuestra mirada. También una personita humilde que nunca tuvo oportunidad de traspapelar un sobre sufre, en su pequeño mundo, cuando contradice el código ético que ha decidido seguir; también un pecador irredento ha de reconocer, si lo piensa bien, que vaya tela con lo suyo, que no tiene remedio. Ambos reconocen, porque es lo razonable, que lo óptimo es lograr la integridad, la unidad, la confluencia de todas las manifestaciones de la propia esencia, y quizás admiren a quien cree que lo ha conseguido, sin percatarse de que, precisamente, persiguen el virus y no la vacuna.

Si uno piensa que Angela Merkel es una súbdita cobarde de los perros salvajes del Capital, si uno ve que demanda a los españoles más y más dinero sin importarle la depauperización alarmante de la sociedad civil, si imagina que, cuando se siente juguetona, viste a su marido de torero y le clava banderillas en las nalgas, hay quien opina que uno debe despreciar a Angela Merkel en todos los aspectos de la vida, desde negarle el saludo hasta evitar contacto visual. Hay quien piensa que un inversor de la bolsa de Nueva York debe  estar en la cárcel por el mero hecho de ganarse la vida a costa de numeritos, que qué lástima que Público sea virtual y no lo pueda comprar para limpiarme el culo, que qué mal que escribe Sánchez Dragó y qué bien Lucía Etxebarría, que publica en La Vanguardia. En resumen, que la ideología debe estar presente en todo momento, ha de tomar parte en cualquier juicio, dar el nihil obstat a cualquier idea que surja en algún rincón de nuestro cráneo. No he conocido a una sola persona que piense así y no haya incurrido en flagrantes –y, según sus propias ideas, imperdonables- contradicciones de las que, mientras mantenga ese alto grado de adhesión, no podrá percatarse de lleno.



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