lunes, 4 de marzo de 2013

X. Desmoralización civil y otras inquisiciones.




Pensar la idoneidad del sistema en el que vivimos no es osado, estupidez de prepotente o delirio de filósofo barato.

Se nos quiere hacer creer que imponer un proceso de identificación que normalice, por fin, esta fuerza incontrolable e imprevisible es tarea imposible.

Y, no, amiguitos, no es así... ¡Reflexionar sobre el devenir sacro de la salud del reacomodo real de la maltrecha democracia occidental es nuestra obligación cívica!

Si no, nos abandonamos en un estercolero y renunciamos al estatus de ciudadanos.

Obenkyo [Bocados Breves (LXXVI)]





La alborada se viste de corintio. Mirando al techo nos dan las claras de la mañana.

¿Adónde te metiste el finde que mis ojitos a ti no te vieron?

¿Transaste la extradición de algún cancerbero a sueldo de Mordor o, tal vez, sigas arrodillada sorbiéndole la polla a Golden Boy?

Niña, ten cuidado con las arcadas de vómito pasada las 6 a.m


domingo, 3 de marzo de 2013

La flauta de Pan... Entremeses: Ejercicio mental recomendado para compositores e intérpretes



Es frecuente la sensación de frustración que se padece cuando uno saca una canción que siempre le ha gustado y tiene una mínima base de conocimientos sobre composición, es decir, cuando uno cree entender a grandes rasgos cómo está hecha y por qué funciona. Cuando no se conoce a estructura, la base acórdica de una canción, uno la vive como un algo vivo, dinámico, que no reproduce formas concretas en su mente cuando lo escucha, si acaso una representación en forma de cambio constante e indeterminado, pero igualmente agradable. Cuando se conoce el funcionamiento, los acordes y su correlación con la melodía, uno no puede sacarse de la cabeza la existencia de cada acorde cuando escucha que suena, o que es sugerido. Incluso muchas veces se le representa una imagen mental no sólo de las notas o acordes, sino de su posición en el instrumento o los instrumentos en los que sepa interpretarlos. No es muy difícil evitar esas malas fotografías de posturas de manos y abstraerse hasta el acorde mismo en su escucha, y sin embargo esa frustración sigue ahí, usted ha bajado la canción a la tierra, la posee, ya no puede sorprenderle, sabe que detrás de este re mayor va un sol mayor, y generalmente eso se acompaña con un descubrimiento de que la obra era más sencilla de lo que creía, menos elaborada en términos de incluir consonancias originales, combinaciones estrafalarias de ellas o melodías que salten como cabras montesas de escala a escala. El número de canciones innovadoras en ese sentido irá descendiendo conforme usted aprenda más y más, y los viejos trucos y mecanismos le vayan pareciendo la “normalidad”.

Centrémonos en el ejemplo del re mayor y el sol mayor. Cuando usted los escucha, ya sean parte de una secuencia mayor o simplemente como base de un temita vacilón, se los puede llegar a representar como abstracciones que, en lugar de atenerse a la ejecución instrumental que usted conoce, son acordes en sí, absolutos. Usted escucha la canción y se representa el re mayor, y se le hace evidente que un segundo después, o en un tramo menor de tiempo, ese fa sostenido que es su tercera se convertirá en un sol. Porque así es como se lo representa. Usted puede llegar a entender que el acorde está ahí, pero lo que más llama la atención de un paso de tónica a dominante, si ambos acordes son mayores, es la inmediatez del fa sostenido y el sol que la sigue, dos notas entre las que no hay distancia alguna. Y es que re mayor, y más si está a la séptima mayor, produce una sensación de alivio, de resolución, la resolución más propiamente dicha que se puede obtener, cuando concluye en sol mayor. Pero de que nuestra atención penda de un hilo cuando re mayor séptima está a punto de concluirse no hay explicación posible en clave de teoría musical. Simplemente, está en la “constitución musical” del hombre, es lo que le mueve y conmueve, del mismo modo que hay tipos de músicas, progresiones y melodías que conmueven por lo general más que otras. Muchas personas se sienten conmovidas ante una escucha de Yesterday, de los Beatles, para no ir muy lejos, y muy pocas experimentan ese sentimiento cuando escuchan Valley Girl de Frank Zappa. Y la música, en la que nada es inocente o inconsciente, juega claramente con eso, juega con qué es lo que levanta qué sentimientos en el hombre, y, aunque el intérprete, por no conocer la teoría musical o hacer la vista gorda, no sea consciente luego eso es analizable por otros a posteriori, como todo análisis que se precie. Así pues, no tenemos explicación de por qué una determinada secuencia de acordes hace que se nos salten las lágrimas, otra provoca un nudo en nuestro pecho y otra nos enfervorece y nos deja haciendo headbanging y golpeando las paredes. Podemos decir cómo tienen que ser para que produzcan estas reacciones, pero nunca por qué una reacción y no otra afecta de una manera determinada a la mente. Hasta donde yo sé, y ruego al lector que no haya sido espantado ya que me ilustre, no hay nada en la disposición de la mente o de la música que explique este “enigma fundamental de la música”.

Pero volvamos a re mayor y sol mayor.  Ambos tienen tres notas distintas, que pueden repetirse en diferentes octavas. Sin embargo, de los tres tránsitos de una nota a otra que se producen cuando un acorde pasa a ser sustituido por otro, sólo nos centramos cuando lo rememoramos o queremos representarlo abstractamente en el dichoso fa sostenido. Y la explicación es, de nuevo, que somos así. Si tuviéramos otra disposición mental, u otro “lo-que-quiera-que-nos-haga-sentir-así-la-música” podríamos “sentir” mucho más cualquiera de los otros tránsitos. Podríamos ver la secuencia de acordes, imaginando que nos los imaginamos con todas las notas en octava posibles, o con el máximo número posible de ellas, como un paso de un re agudo a un sol, por ejemplo. En vez de un “chimpún” o una conversión a un algo más agudo o más completo, porque completa al fa sostenido al volverlo sol (y es que esa es otra ley sin explicación efectiva, que en dos notas que no separa nada la segunda se entiende siempre como “completación”, “resolución”, de la otra), lo veríamos como un amplio paso a algo considerablemente más grave, de un re a un sol corre bastante distancia. No sería una resolución dado que la nota segunda en la que nos fijamos no está un semitono por encima, sino que sería una bajada pronunciada en una hipotética escala. El problema es que si nuestra forma de percibir mentalmente los acordes cambiara se alteraría nuestra sensibilidad musical, y quizás Cannibal Corpse no haría llorar de emoción, y esto es tan extremo que es una metáfora (hablábamos de música), pero no del todo. ¿No tenemos salida a nuestra miserable condición humana entonces? Pues no, porque si nuestra sensibilidad, la parte de las emociones ligada a las notas, viera la canción de otra manera, buscaría otro punto de “resolución”, otro paso de tónica a dominante (aunque la tónica sea “la” y la dominante “mi bemol”), y lo volvería a entender todo supeditado a ese cambio de acordes, porque la música (en tanto que armonía clásica, dodecafonías o serialismos aparte), para tener sentido y una sistematicidad estructurada, necesita una resolución que sea jerárquicamente superior y que todo orbite en torno a esa clase de resolución por excelencia. En definitiva, algo muy semejante al aparato teórico de la armonía tal como ahora lo entendemos volvería a erigirse en abstracto, por necesidad. Pero las canciones que conocemos, si permanecieran inalterables, sí que las oiríamos de forma distinta, completamente distinta, aunque usaran las mismas notas y pudiéramos percatarnos de que cada nota está en la posición y distancia de las otras en la que hoy entendemos que está.

Trate de hacer el ejercicio mental de cambiar las notas-eje de sus representaciones de acordes y melodías cada vez que saque/entienda una canción nueva ante cuyo anterior misterio guardara simpatía. He comprobado que, pese a ser difícil, y no siempre funcionar del todo, puede elevarle a un nivel de abstracción, o degenerar en una actividad intelectual tan intensa que el enigma se recupera parcialmente con el cansancio. Le hará entender cómo, pese a toda sistematización hecha por académicos en sus laboratorios, la música condensa todo el enigma primigenio de por qué somos como somos.

sábado, 2 de marzo de 2013

¡Bichos!


PERSONAJES:

Narrador
Manuel
Óscar
Él




NARRADOR: Era una mañana como otra cualquiera en la casa. Manuel revoloteaba algo preocupado por la habitación, agitando las alas a velocidad de vértigo. Iba de un lugar para otro haciendo (onomatopeya de zumbido mosquitero), tenía un abdomen largo y una probóscide diseñada para ser clavada en la piel caliente de los mamíferos (Manuel aparece y comienza a “revolotear) Óscar salió de la habitación oscura. (Óscar entra cojeando) Tenía tres pares de patas, dos alas marrones y coriáceas, que no usaba muy a menudo, y antenas subiendo y bajando. Manuel se posó cerca del suelo y lo miró, emocionado.

MANUEL: ¡Te veo herido, amigo! ¿Estás bien? ¡Menos mal que has salido!

NARRADOR: …dijo Manuel.

ÓSCAR: ¡Ah! Creo que me rompí una pata al chocarme con la puerta. Tuve mucho miedo, y empecé a darme golpes contra todo.

NARRADOR: …dijo Óscar, con agitación.  Óscar había estado encerrado en el armario grande durante muchas horas, hasta que Él decidió abrir la puerta para coger unos calzoncillos.

MANUEL: ¡Otra vez no! ¿Quién te manda a ti meterte en esos berenjenales, amigo? No metas en sus asuntos ni te acerques a sus aposentos, y no tendrás sorpresas feas como esa.

ÓSCAR: ¡Si yo no he hecho nada! Bueno, he hecho muchas cosas, pero creo que Él no se ha dado ni cuenta.

MANUEL: ¿Qué es lo último que has hecho? A ver, dime.

NARRADOR: …dijo Manuel, y frunció el ceño (Manuel frunce el ceño tras oír esto.)

ÓSCAR: (sonríe infantilmente) Lo último que he hecho ha sido esconder una de esas gomitas que Él se pone en la antena que tiene entre las piernas, esas que usa cuando viene con mujeres a esta casa y no está su mujer. Creo que era la última que le quedaba, así que no podrá usarla

NARRADOR: …y los dos rieron  (Actores esperan a estas palabras para empezar a reír)

MANUEL: ¿Y cómo la conseguiste mover de sitio?

OSCAR: Con un montón de esfuerzo. Primero me subí a la mesita en la que estaba, trepando con mis patas…

NARRADOR: …y Óscar agitó las patas. (Óscar agita los brazos)

ÓSCAR: Luego la empujé hasta caer al suelo, y después de eso la arrastré lentamente hasta meterla debajo de un mueble. Nunca la encontrará allí

NARRADOR: …dijo triunfal. Manuel empezó a reprenderle.

MANUEL: (se mueve enfáticamente) -Pero no nos conviene que esté enfadado, Óscar, y lo sabes, porque si se enfada la toma con nosotros. ¿O no recuerdas lo que pasó ayer?

ÓSCAR: Como para no recordarlo (con indiferencia)

NARRADOR: ..dijo Óscar con angustia.

ÓSCAR:(ahora habla con angustia) Si por poco no acabo siendo papilla en la suela de sus zapatos de correr. Fue horrible, Manuel, ¡horrible!

MANUEL: Es que nos trata súper-mal, nos trata como si no fuéramos nada, como si la culpa de sus cabreos la tuviéramos nosotros. Y nosotros no tenemos la culpa de nada, sólo de existir, (dirigiéndose al público) ¿no?

NARRADOR: Óscar se entristeció.

ÓSCAR: Siempre que me descubre en una habitación pone una mueca de asco, Manuel. Me mira con asco. Como si fuera vómito, o mierda. Le provoco arcadas. ¿Tan feo soy?

NARRADOR: …dijo, mirándolo fijamente con todos sus pares de ojos.

MANUEL: No, no lo eres. Eres muy bonito

NARRADOR: Óscar alegró sus mandíbulas. (Óscar sonríe al público)

MANUEL: Pero no tienes de qué quejarte. A mí me trata peor, como si yo realmente fuera una amenaza para él. ¡Si soy vegetariano! Por no hablar de cuando le da por entretenerse enseñándole a su perro que nos ataque. Es que es como si tuviéramos la culpa de sus problemas, como si al perseguirnos se desvanecieran sus miserias. Me gustaría saber cuáles son ¿Por qué se enfadará tanto?

ÓSCAR: No queda mucho, Manuel, para que nos venguemos, y le devolvamos todo su odio. Ya falta poco para la noche en la que treparemos a su cama y le clavaremos nuestros aguijones en el cuello, y le chuparemos toda la sangre, y luego...

(En ese momento entra Él en escena, ellos callan y Narrador se va. Él saluda a los actores)

ÉL: ¿qué pasa, enanos? (señala a Óscar, que sigue teniendo la pierna dolorida) ¿Otra vez jugando a tonterías? ¿Y qué le pasa a ese?

MANUEL: Dice que se puso nervioso cuando lo encerraste en el armario y se hizo daño.

ÉL: Maricón, merecido te lo tienes... Ay, si vuestra madre no os hubiera educado así, lo contento que me tendríais.

ÓSCAR: ¿Ha salido mamá ya del hospital?

ÉL: No, todavía le faltan un par de días.
(Silencio tenso)

ÉL: Bueno, pues espero que todo esto os sirva de ejemplo. Mamá estaba equivocada, y yo sé que es duro, pero tenía que demostrárselo. Porque si alguien está equivocado sobre algo, la otra persona tiene que esforzarse en demostrarle que lo está. Así que nada de lloriqueos ni mariconadas.

MANUEL (en voz muy queda): ¿Y nosotros también estábamos equivocados ayer cuando nos dabas patadas?

ÉL: ¿Qué has dicho?

MANUEL: Nada...

ÉL: Mira, aquí nada de secretitos, chaval, o le quito esta tarde el bozal al Rufus. A ver si va a haber mamoneo entre vosotros y yo. (Le da un golpe sonoro en la espalda a Óscar) ¿No es verdad, campeón? (Óscar se medio derrumba) Bueno, me voy a ver la tele un rato. (Se va, y Narrador reaparece en escena)

NARRADOR: Óscar y Manuel se miraron, y, como siempre que él les daba la espalda, sacaron sus aguijones mortíferos (Óscar y Manuel se miran y sacan dos puñales y los vuelven a meter en el bolsillo. Comienzan a caminar, alejándose) Pronto tomarían la casa, y podrían dejar de vivir escondidos en la oscuridad de sus habitaciones.
(al público) Muchas gracias

viernes, 1 de marzo de 2013

“I ain’t a-marching anymore”



Esa idea que abandera nuestro Popular Partido de alargar el bachillerato un año más debería de tener un punto innegablemente positivo. En lugar de dedicarse a introducir nociones de imbécil competitividad económica o contumaz gestión de empresa, que, como seguro habrían advertido que se sugería con poca suavidad al leer cuidadosamente su programa antes de regalarles su voto (y si no en su nefasta práctica), y que no dudo que bien impartidas servirían y mucho para aclarar el funcionamiento de uno entre los muchos mundos que ha habido, debería de darse el año entero, las 6 o 7 asignaturas, de Historia, o incluso sólo de Historia Contemporánea, materia casi ausente del programa educativo de este país (señal de nuestros traumas patrios). Yo secundaría que se empezara en la E.S.O., turnándose con la Filosofía que vendría desde preescolar, pero quizás sea pedir peras al olmo.

¿Por qué? Porque se nota de forma alarmante, por todos sitios, la ausencia de nociones sobre los eventos e ideas que han pasado en los dos últimos siglos. Casi le da la impresión de esa ignorancia es algo planificado. No me refiero a que se note tras cada elección de gobierno, pues bastante patente queda ya la mediocridad de reiterar eslóganes y consignas propios de regímenes que no comparten en absoluto el ideario perseguido (un votante convencido debería ofenderse por los pequeños detalles que acercan la propaganda reciente de la Francia de Sarkozy a la de Vichy, o, más cerca del caso, la última campaña de Rajoy a la de Felipe de 1982).

No, el problema no está allí, ellos tienen suficientes esbirros como para percatarse y conocer la poca casualidad de esos hechos. El problema está en que de ese bachiller tan duro de la que debería salir gente formada para vérselas con el mundo, de ese infierno académico en el que se adquieren tantísimos conocimientos de física o geografía, te encuentras que la gente de tu edad sale teniendo opiniones sobre el mundo en general que, a poco que se excavara, si se perfilaran bien y se llevaran a las últimas consecuencias lógicas, coincidirían punto por punto con muchas facetas del ideario que enarbolaban la Sociedad de Thule, JG Strijdom o Khieu Samphan, entre otros miles, mientras ellos frecuentemente creen que habitan el otro extremo y duermen tranquilos por las noches, confiando en que para ser nazi sólo hay que ser antisemita. 

¿Quiero esto decir que hay opiniones mejores que otras?  No sé, yo creo que siempre y cuando se opte por desear que la muerte y el sufrimiento de tantos millones de de personas pueda enseñar algo debería haberlas. 

Fin...


Ser verdugo de guante blanco
sin sed de palabras, ni de sangre
cuando vivir no es más que ahogarse a los placeres insalubres
un cigarro y Andrés
para acabar el crimen imperfecto
que entre líneas deja a ver
que por más que me duela el matarte
miro hacia el lado
para jugar a las carreras
y poder afirmar que esta vez ,gano yo
que esta vez
no me equivoqué
y que va para largo.
Los ojos están abiertos,
el sueño acabó.
Duerme cariño, duerme...el infierno nos queda lejos.
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